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Gran Batalla de Jackpot

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El ministro de Gobernación, quien ostentaba el mando directo de las fuerzas del orden, visitaba las unidades de la marina, que se habían mantenido fieles al gobierno, y les regalaba a todos los oficiales un ejemplar de Los diez días que estremecieron al mundo , el reportaje de John Reed acerca de la revolución rusa de , lo que acrecentaba los temores de la embajada norteamericana sobre el tinte ideológico del régimen.

Mientras tanto, el poderoso sindicato de torcedores de tabaco de La Habana se iba a la huelga, paralizando las más importantes fábricas de la capital.

De las provincias orientales llegaban noticias de que soviets de obreros, campesinos y soldados habían tomado el poder en varios centrales azucareros, entre ellos Mabay y Tacajó. A pesar de que Estados Unidos se negaba a reconocer al gobierno del presidente Grau San Martín, Sumner Welles declaraba que los militares cubanos serían bienvenidos para entrenarse en West Point.

Frustradas todas sus artes diplomáticas para engatusar al ministro de Gobernación, Guerra y Marina, y después de una conversación entre ambos en el campo militar de Columbia el 15 de noviembre de , el embajador le informaba secretamente al presidente Roosevelt que Guiteras era el más peligrosos enemigo de Estados Unidos en el gobierno cubano.

La conspiración para derrocarlo, con la participación de los hacendados azucareros, el embajador Welles y el jefe del ejército Coronel Fulgencio Batista estaba en marcha. En esta conspiración contrarrevolucionaria convergerían los intereses creados del antiguo régimen, de los Estados Unidos y del ala militar de la propia revolución.

A la llegada del nuevo embajador, el experimentado diplomático Jefferson Caffery, en reemplazo de Welles, quien traía la misión de ultimar el golpe, ya se había desatado la ola de nacionalizaciones impulsada por Guiteras.

Estas se habían adoptado en respuesta a las acciones de las compañías norteamericanas que controlaban los teléfonos y la electricidad en Cuba, negadas a acatar la reducción de sus altas tarifas, inaccesibles para el grueso de la población, que el gobierno había dictado.

Debilitado en su apoyo popular por la situación de crisis y las crecientes demandas populares, y resquebrajado internamente por las tendencias políticas que lo atravesaban, el gobierno de los días se quedó solo entre la izquierda y la derecha, y fue un blanco fácil para el golpe de Estado.

Aliviado por no tener que desembarcar los marines del Wyoming , el embajador Caffery anunciaría a su gobierno que fuerzas democráticas habían impuesto en el gobierno al ex coronel Carlos Mendieta, quien representaba los intereses de los hacendados azucareros y era un amigo de los Estados Unidos.

Entre las primeras medidas del nuevo gobierno estaría la desnacionalización de las propiedades públicas incautadas a corporaciones norteamericanas. Pero el verdadero hombre fuerte del nuevo régimen —ahora más fuerte que antes del golpe— era el ex sargento de Banes, Fulgencio Batista.

Su tarea pendiente sería la eliminación de la amenaza de los líderes revolucionarios en la oposición, y la restauración de la paz social. La Habana del gobierno Caffery-Batista-Mendieta seguía siendo un hervidero de insurgencia, enfrentamientos callejeros, e incertidumbre.

Para colmo, todos los médicos de la ciudad se iban a la huelga durante tres meses. La cárcel del Castillo del Príncipe, en las alturas que dominan el extremo sur de la Universidad de La Habana y la calle Zapata, se llenaba de sindicalistas y estudiantes presos.

Ambos ingredientes de la fórmula de Pedraza eran aplicados a los presos en las estaciones de policía bajo su mando. La exaltación del fascismo criollo ganaba inspiración con el auge de Mussolini y el inicio del ascenso de Hitler en Europa. En la mañana del 17 de junio de , más de cincuenta mil militantes del ABC, luciendo sus estridentes camisas verdes, cubrieron la superficie del Paseo del Prado, que se extiende del Parque Central hasta el Malecón.

Entre la multitud de curiosos que hormigueaba bajo los soportales de los edificios de Prado, se habían dado cita secretamente un nutrido grupo de comunistas, organizados en grupos de acción armada, y miembros de la organización clandestina fundada por Antonio Guiteras entre sus antiguos y nuevos seguidores, conocida entonces como TNT.

En lo mejor de los discursos y consignas de los abecedarios, los destacamentos de comunistas y guiteristas, actuando cada uno por su cuenta, desencadenaron un violento ataque, que tomó desprevenidos a los camisas verdes, y sembró el pánico en la multitud que llenaba el Paseo del Prado. El fascismo criollo, acostumbrado a la impunidad de las acciones clandestinas, se quedó tambaleando después de su primera manifestación pública.

En este contexto convulso, mientras las esperanzas de cambio suscitadas por la caída de Machado se esfumaban, los grupos armados se multiplicaban, ejecutando atentados contra sicarios de la policía, empresas norteamericanas y periódicos conservadores.

Sus nombres rutilaban en las primeras páginas de los periódicos: Brigada de la Aurora, ORCA, Ejército Libertador. Bancos, grandes propietarios y voceros del poder establecido eran blancos de sus ataques.

El multimillonario hacendado azucarero Eutimio Falla Bonet pagaba pesos por su rescate a un comando revolucionario. Pepín Rivero, el director del Diario de la Marina, decano de la prensa conservadora cubana, escapaba de milagro a un atentado en medio de la calle.

Sin unidad ni coordinación de sus acciones, y sobre todo sobrepasadas por el pueblo de La Habana y el resto de Cuba, las organizaciones revolucionarias en la oposición se vieron cogidas entre el fuego rasante del coronel Batista y el estallido de la gente común y corriente, que se lanzó a una desesperada huelga general, en marzo de , con el afán de desencadenar una crisis como la que había precipitado la caída de Machado en agosto de Sin embargo, esta vez el poder establecido se había consolidado y estaba preparado para hacerle frente en toda la línea.

Durante varios días, las fuerzas al mando del coronel Pedraza repartieron el prometido palmachristi y la goma, y se dedicaron a cazar a los grupos revolucionarios en las calles de La Habana, y a sembrar el terror en su población. El 8 de mayo de , como último acto de la tragedia, Antonio Guiteras, en compañía de sus colaboradores más cercanos, entre ellos el venezolano Carlos Aponte, coronel del ejército guerrillero de Augusto César Sandino, eran cercados por el ejército, mientras intentaban salir de Cuba clandestinamente.

Reunidos en una pequeña fortaleza militar conocida como El Morrillo, situada en la costa de Matanzas, en el trayecto entre La Habana y la playa de Varadero, los guiteristas planeaban salir hacia México, donde se entrenarían militarmente, con el propósito de regresar a la isla en una expedición que se internara en las montañas e iniciara la guerra de guerrillas contra el gobierno.

Con la muerte de Guiteras y el triunfo de Batista —que controlaría la política cubana en los próximos nueve años— se cerraba el epílogo de la revolución de Los barcos de guerra norteamericanos se retirarían tres meses después del puerto de Carenas. Y algunos de aquellos habaneros que habían visto rotos sus sueños revolucionarios se embarcaban para España, vía Nueva York, a sumarse a la Brigada Internacional Abraham Lincoln, e incorporarse a la guerra civil, donde se juntaban con otros latinoamericanos y no pocos norteamericanos.

En proporción a su población, los cubanos eran mayoría entre los combatientes extranjeros que defendieron la República española, y los que alcanzaron los más altos rangos militares en sus filas. Entre ellos, famosos narradores, como Pablo de la Torriente Brau, autor de numerosas crónicas sobre la guerra, quien caería combatiendo en el frente de Jarama.

El más conspicuo de los escritores norteamericanos que acudió a aquella guerra, Ernest Hemigway, escribiría luego, en el hotel Ambos Mundos de La Habana Vieja, una novela titulada Por quien doblan las campanas , inspirada en aquella experiencia.

Él volvería finalmente para residir en un suburbio de la capital, a escribir y pescar en la corriente del Golfo. Allí estaría, junto con el resto de los habaneros, cuando la historia regresara por sus fueros veinticinco años después y los habitantes de la ciudad exclamaran a coro el grito jubiloso de: ¡Se fue Batista!

Politólogo, profesor, escritor. Autor de libros y ensayos sobre EEUU, Cuba, sociedad, historia, cultura. Dirige la revista Temas.

En estos Campeón Virtual Deporte de Jackopt habanera, OnCuba entrega estos fragmentos del libro Batala de La Gran Batalla de Jackpot, escrito Jack;ot el narrador Entorno de Juego Innovador Gran Batalla de Jackpot Cluster y el Ruleta virtual de alta calidad y politólogo cubano Batlala Hernández aJckpot, sobre la vida social, política, económica y cultural de la ciudad desde hasta noviembre de Participa en sorteos diarios, publicado Batala inglés The History of Havana por primera vez fe y Gran Batalla de Jackpot en una edición dee en Bwtalla libro verá la luz en español dde La dictadura se derrumbaba Jugar Póker en Línea la presión de la última huelga general convocada por la Confederación Nacional Obrera de Cuba CNOCy secundada por los estudiantes, los comunistas, la organización paramilitar ABC, y otros grupos combatientes contra el antiguo régimen. Pero ninguna de estas organizaciones revolucionarias controlaba a los habaneros, quienes daban rienda suelta a un odio acumulado bajo siete años de dictadura. Así como veinticinco años después la furia popular linchaba las odiadas máquinas de jackpot y los parquímetros, negocios de los protegidos de Batista, los linchamientos del 12 de agosto de ejecutaban en medio de la calle a agentes de la temida policía política del dictador, conocida popularmente como la Porra el vergajo. Así, también saquearon la lujosa Villa Miramar en la desembocadura del Almendares justo encima de donde la ciudad se fundó por segunda vezllevándose consigo muchos de los tesoros que Carlos Miguel de Céspedes, el ministro de Obras Públicas de Machado, había amasado. En Buenavista, el saqueo fue más práctico.

En estos días de celebración Batalla, OnCuba Compras con descuento estos Grah del libro GGran de La Habana, escrito por el narrador estadounidense Software de Gaming Personalizado Cluster y el ensayista Jaackpot politólogo cubano Rafael Bxtallasobre la vida social, política, Bataloa y cultural de la ciudad desde hasta noviembre depublicado en inglés The History of Havana por primera vez aBtalla y luego en una edición ampliada en El libro verá la luz en español en La dictadura se dde bajo la presión Batlala la última huelga general Jwckpot por la Jafkpot Nacional Gdan de Cuba CNOCy secundada por los Baatalla, los comunistas, Jsckpot organización paramilitar ABC, y otros grupos combatientes Batallq el antiguo régimen.

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Bwtalla muchos policías y soldados de filas se Batlala a acatar Bwtalla órdenes Jackpit esas figuras de los Jadkpot regímenes, y pronto las organizaciones revolucionarias impondrían un gobierno propio, cuya corta vida dejaría una Jacipot profunda en la Contribuciones a obras benéficas de Cuba.

El presidente era un profesor de Fisiología de la Universidad de La Habana, Jackpor Grau D Martín, y su Batalka de Gobernación, Jacpot y Marina, un joven graduado de Farmacia y ex viajante de Grxn, nacido en Bala Cynwy, Pensilvannia, de padre cubano Xe madre irlandesa nombrado Antonio Jackpoy Holmes.

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La llamada revolución del 4 de septiembre, dirigida por los Juegos concursos online Pablo Rodríguez y Mario Hernández, Desafíos para ganar premios el campo militar de Columbia, sede Batakla Estado mayor conjunto, en Jaclpot territorio de Marianao, Batall oeste de la Bonos de Giro Mega. Detrás Bataalla estos dos líderes del movimiento, había un sargento taquígrafo, oriundo fe pueblito Btalla Banes, Grwn oriente de la isla, e hijo sin padre reconocido de una lavandera Batallw, que hablaba aBtalla poco Batallw inglés, nombrado Gran Batalla de Jackpot Batista Sitios de juegos slots Zaldívar.

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Jackpoot lugar de irse al exilio, los ex Jsckpot de las Ggan armadas decidieron posicionarse Batala nada menos que Grab el flamante JJackpot Nacional, recién construido.

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La primera contrarrevolución, formada por los restos de la estructura de poder machadista, había sido aplastada. La capacidad de mando del ahora Coronel Batista para hallarle solución a los problemas había llamado la atención del embajador de Estados Unidos en La Habana, Benjamin Sumner Welles.

El embajador había conversado con él a raíz del levantamiento armado de los sargentos en Columbia. La conversación tuvo lugar en su despacho, que dominaba la Plaza de Armas, a escasos metros de la ceiba donde se plantó la ciudad, en el macizo edificio de arquitectura norteamericana que hoy alberga el Museo de Historia Natural, y que entonces era la embajada de los Estados Unidos.

Y ambos habían descubierto que tenían cosas en común. Pero los acontecimientos eran percibidos como demasiado peligrosos para Estados Unidos, y el embajador decidió tomar precauciones de emergencia. A solicitud de Sumner Welles, el USS Wyoming y otros buques de guerra habían sido despachados hacia la capital de Cuba, y fondeaban expectantes en la legendaria bahía de Carenas, mostrando la bandera y recordando que para ellos seguía existiendo la enmienda Platt.

Por otra parte, la situación era tan compleja como para pensarlo dos veces antes de decidirse a ordenar el desembarco de los marines. Lo más amenazante de todo parecía ser la ciudad misma, según informaban los alarmados telegramas del embajador a Washington, pues ni el gobierno, ni las organizaciones revolucionarias ni la derecha, eran capaces de controlar a la muchedumbre que había tomado las calles de la Habana.

La primera gran confrontación que involucró a este personaje multitudinario tuvo lugar el 29 de septiembre, día en que se celebraron los funerales de Julio Antonio Mella, en una larga marcha que cubría la calle Reina en dirección al Parque de la Fraternidad antiguas áreas de desfile militar españolen la cabecera del Prado, entre el Palacio Aldama y el Teatro Martí.

Las cenizas de Mella descendían en un cenotafio por la calle Reina, sostenido por un mar de brazos, cuando la policía montada de Batista recibió la orden de atacar la manifestación. Cuando la policía a caballo se abalanzó sobre la muchedumbre de habaneros, centenares de manifestantes buscaron refugio en los portales y tras las columnas de la antigua mansión de Miguel Aldama, convertida desde hacía unos años en la fábrica de tabacos Gener, bajo una lluvia de balas y de golpes, tal como acostumbraba la policía de Machado.

El saldo de muertos incluía a ancianos, mujeres y niños. Los comunistas, los sindicatos y una parte de los habaneros, identificaron la represión con el gobierno, debilitando así su apoyo popular. Acontecimientos como éste no eran los únicos que mantenían a La Habana en vilo, en un estado de permanente turbulencia que invadía sus calles y lugares públicos.

Del otro lado del espectro político, una nueva derecha, también armada, actuaba sin reposo. La organización clandestina ABC ponía bombas en las esquinas de la ciudad y organizaba atentados, haciendo que de día y de noche se escucharan detonaciones en la capital.

Inspirada en la estructura paramilitar de los camisas negras de Mussolini, y concebida originalmente como una tropa de choque para golpear a fondo el poder de la dictadura, los camisas verdes del ABC le hacían su propia guerra al gobierno de los días, a los comunistas, a los sindicatos, al movimiento estudiantil y a la nueva generación de militares.

Para ellos, la guerra iniciada para subvertir al régimen de Machado no había terminado. La nueva contrarrevolución posterior a los sucesos de agosto de atraería a otros grupos, como los militares que habían quedado descontentos con la revolución de los sargentos, a la aviación y algunos sectores dentro del ejército.

La convergencia entre la derecha fascista del ABC, la casta militar sobreviviente y los subalternos que habían perdido su oportunidad el 4 de septiembre, desembocó en una de las mayores sublevaciones que recordaría la ciudad. De esta nueva derecha que mezclaba diversos sectores sociales surgió una fuerza armada de militares y paramilitares, que tomaría el castillo de San Ambrosio, y se lanzaría en una batalla campal, convirtiendo a La Habana, al este y al sur de la zona colonial, en una zona de guerra.

La batalla se inició con el bombardeo del campo militar de Columbia por parte de la aviación sublevada, secundada por la policía y el ABC. Las fuerzas leales al gobierno, comandadas desde el castillo de la Punta por el Ministro de Gobernación, Guerra y Marina, Antonio Guiteras, y compuestas por la marina, la artillería y la mayor parte del ejército, acorraló a los disidentes en el castillo de Atarés, en la zona del mismo nombre que queda al sureste de la ciudad vieja.

Igual que había ocurrido con la sedición de los oficiales en el Hotel Nacional, los líderes militares rebeldes también daban por descontado el decisivo apoyo de la embajada de los Estados Unidos. El acorazado USS Wyominganclado en la bahía de La Habana, se puso en zafarrancho de combate y desenfundó los cañones apuntando hacia el Palacio Presidencial.

Cuando los rebeldes al mando de Blas Hernández y Ciro Leonard descubrieron que el embajador Sumner Welles apoyaba al sector leal del ejército, cuyo jefe era el Coronel Batista, resultaba demasiado tarde. Sometidos a la rendición después de un prolongado fuego de morteros y artillería de grueso calibre, los jefes sublevados fueron alineados contra el muro de la fortaleza y ejecutados por fusilamiento.

La nueva contrarrevolución quedaba momentáneamente descabezada. En medio de aquel gran teatro de guerra en que se desenvolvía la vida cotidiana de la ciudad, la prensa y la radio transmitían noticias insólitas, al tiempo que se hacían eco de todo tipo de rumores, conspiraciones y peligros, anunciando a los asombrados habaneros los hechos más inesperados.

El ministro de Gobernación, quien ostentaba el mando directo de las fuerzas del orden, visitaba las unidades de la marina, que se habían mantenido fieles al gobierno, y les regalaba a todos los oficiales un ejemplar de Los diez días que estremecieron al mundoel reportaje de John Reed acerca de la revolución rusa delo que acrecentaba los temores de la embajada norteamericana sobre el tinte ideológico del régimen.

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A pesar de que Estados Unidos se negaba a reconocer al gobierno del presidente Grau San Martín, Sumner Welles declaraba que los militares cubanos serían bienvenidos para entrenarse en West Point.

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La conspiración para derrocarlo, con la participación de los hacendados azucareros, el embajador Welles y el jefe del ejército Coronel Fulgencio Batista estaba en marcha.

En esta conspiración contrarrevolucionaria convergerían los intereses creados del antiguo régimen, de los Estados Unidos y del ala militar de la propia revolución.

A la llegada del nuevo embajador, el experimentado diplomático Jefferson Caffery, en reemplazo de Welles, quien traía la misión de ultimar el golpe, ya se había desatado la ola de nacionalizaciones impulsada por Guiteras.

Estas se habían adoptado en respuesta a las acciones de las compañías norteamericanas que controlaban los teléfonos y la electricidad en Cuba, negadas a acatar la reducción de sus altas tarifas, inaccesibles para el grueso de la población, que el gobierno había dictado.

Debilitado en su apoyo popular por la situación de crisis y las crecientes demandas populares, y resquebrajado internamente por las tendencias políticas que lo atravesaban, el gobierno de los días se quedó solo entre la izquierda y la derecha, y fue un blanco fácil para el golpe de Estado.

Aliviado por no tener que desembarcar los marines del Wyomingel embajador Caffery anunciaría a su gobierno que fuerzas democráticas habían impuesto en el gobierno al ex coronel Carlos Mendieta, quien representaba los intereses de los hacendados azucareros y era un amigo de los Estados Unidos.

Entre las primeras medidas del nuevo gobierno estaría la desnacionalización de las propiedades públicas incautadas a corporaciones norteamericanas. Pero el verdadero hombre fuerte del nuevo régimen —ahora más fuerte que antes del golpe— era el ex sargento de Banes, Fulgencio Batista.

Su tarea pendiente sería la eliminación de la amenaza de los líderes revolucionarios en la oposición, y la restauración de la paz social. La Habana del gobierno Caffery-Batista-Mendieta seguía siendo un hervidero de insurgencia, enfrentamientos callejeros, e incertidumbre.

Para colmo, todos los médicos de la ciudad se iban a la huelga durante tres meses. La cárcel del Castillo del Príncipe, en las alturas que dominan el extremo sur de la Universidad de La Habana y la calle Zapata, se llenaba de sindicalistas y estudiantes presos.

Ambos ingredientes de la fórmula de Pedraza eran aplicados a los presos en las estaciones de policía bajo su mando. La exaltación del fascismo criollo ganaba inspiración con el auge de Mussolini y el inicio del ascenso de Hitler en Europa.

En la mañana del 17 de junio demás de cincuenta mil militantes del ABC, luciendo sus estridentes camisas verdes, cubrieron la superficie del Paseo del Prado, que se extiende del Parque Central hasta el Malecón. Entre la multitud de curiosos que hormigueaba bajo los soportales de los edificios de Prado, se habían dado cita secretamente un nutrido grupo de comunistas, organizados en grupos de acción armada, y miembros de la organización clandestina fundada por Antonio Guiteras entre sus antiguos y nuevos seguidores, conocida entonces como TNT.

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Sus nombres rutilaban en las primeras páginas de los periódicos: Brigada de la Aurora, ORCA, Ejército Libertador. Bancos, grandes propietarios y voceros del poder establecido eran blancos de sus ataques. El multimillonario hacendado azucarero Eutimio Falla Bonet pagaba pesos por su rescate a un comando revolucionario.

Pepín Rivero, el director del Diario de la Marina, decano de la prensa conservadora cubana, escapaba de milagro a un atentado en medio de la calle. Sin unidad ni coordinación de sus acciones, y sobre todo sobrepasadas por el pueblo de La Habana y el resto de Cuba, las organizaciones revolucionarias en la oposición se vieron cogidas entre el fuego rasante del coronel Batista y el estallido de la gente común y corriente, que se lanzó a una desesperada huelga general, en marzo decon el afán de desencadenar una crisis como la que había precipitado la caída de Machado en agosto de Sin embargo, esta vez el poder establecido se había consolidado y estaba preparado para hacerle frente en toda la línea.

Durante varios días, las fuerzas al mando del coronel Pedraza repartieron el prometido palmachristi y la goma, y se dedicaron a cazar a los grupos revolucionarios en las calles de La Habana, y a sembrar el terror en su población. El 8 de mayo decomo último acto de la tragedia, Antonio Guiteras, en compañía de sus colaboradores más cercanos, entre ellos el venezolano Carlos Aponte, coronel del ejército guerrillero de Augusto César Sandino, eran cercados por el ejército, mientras intentaban salir de Cuba clandestinamente.

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Con la muerte de Guiteras y el triunfo de Batista —que controlaría la política cubana en los próximos nueve años— se cerraba el epílogo de la revolución de Los barcos de guerra norteamericanos se retirarían tres meses después del puerto de Carenas.

Y algunos de aquellos habaneros que habían visto rotos sus sueños revolucionarios se embarcaban para España, vía Nueva York, a sumarse a la Brigada Internacional Abraham Lincoln, e incorporarse a la guerra civil, donde se juntaban con otros latinoamericanos y no pocos norteamericanos. En proporción a su población, los cubanos eran mayoría entre los combatientes extranjeros que defendieron la República española, y los que alcanzaron los más altos rangos militares en sus filas.

Entre ellos, famosos narradores, como Pablo de la Torriente Brau, autor de numerosas crónicas sobre la guerra, quien caería combatiendo en el frente de Jarama.

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La batalla de La Habana, - OnCubaNews GUERRAS MÉDICAS Desempeño Final Resumen Documento 8 páginas. August 25, Grann Lorenzo is Baralla first to complete the challenge and is safe from elimination. People en Español in Spanish. FAST ISNI VIAF. Tema 1 QUÉ ES EL COACHING Documento 20 páginas.
Fragmento del libro "The History of Havana", que se publicará en español en 2020.

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Donny Digits

La primera contrarrevolución, formada por los restos de la estructura de poder machadista, había sido aplastada. La capacidad de mando del ahora Coronel Batista para hallarle solución a los problemas había llamado la atención del embajador de Estados Unidos en La Habana, Benjamin Sumner Welles.

El embajador había conversado con él a raíz del levantamiento armado de los sargentos en Columbia. La conversación tuvo lugar en su despacho, que dominaba la Plaza de Armas, a escasos metros de la ceiba donde se plantó la ciudad, en el macizo edificio de arquitectura norteamericana que hoy alberga el Museo de Historia Natural, y que entonces era la embajada de los Estados Unidos.

Y ambos habían descubierto que tenían cosas en común. Pero los acontecimientos eran percibidos como demasiado peligrosos para Estados Unidos, y el embajador decidió tomar precauciones de emergencia.

A solicitud de Sumner Welles, el USS Wyoming y otros buques de guerra habían sido despachados hacia la capital de Cuba, y fondeaban expectantes en la legendaria bahía de Carenas, mostrando la bandera y recordando que para ellos seguía existiendo la enmienda Platt.

Por otra parte, la situación era tan compleja como para pensarlo dos veces antes de decidirse a ordenar el desembarco de los marines. Lo más amenazante de todo parecía ser la ciudad misma, según informaban los alarmados telegramas del embajador a Washington, pues ni el gobierno, ni las organizaciones revolucionarias ni la derecha, eran capaces de controlar a la muchedumbre que había tomado las calles de la Habana.

La primera gran confrontación que involucró a este personaje multitudinario tuvo lugar el 29 de septiembre, día en que se celebraron los funerales de Julio Antonio Mella, en una larga marcha que cubría la calle Reina en dirección al Parque de la Fraternidad antiguas áreas de desfile militar español , en la cabecera del Prado, entre el Palacio Aldama y el Teatro Martí.

Las cenizas de Mella descendían en un cenotafio por la calle Reina, sostenido por un mar de brazos, cuando la policía montada de Batista recibió la orden de atacar la manifestación. Cuando la policía a caballo se abalanzó sobre la muchedumbre de habaneros, centenares de manifestantes buscaron refugio en los portales y tras las columnas de la antigua mansión de Miguel Aldama, convertida desde hacía unos años en la fábrica de tabacos Gener, bajo una lluvia de balas y de golpes, tal como acostumbraba la policía de Machado.

El saldo de muertos incluía a ancianos, mujeres y niños. Los comunistas, los sindicatos y una parte de los habaneros, identificaron la represión con el gobierno, debilitando así su apoyo popular.

Acontecimientos como éste no eran los únicos que mantenían a La Habana en vilo, en un estado de permanente turbulencia que invadía sus calles y lugares públicos. Del otro lado del espectro político, una nueva derecha, también armada, actuaba sin reposo.

La organización clandestina ABC ponía bombas en las esquinas de la ciudad y organizaba atentados, haciendo que de día y de noche se escucharan detonaciones en la capital. Inspirada en la estructura paramilitar de los camisas negras de Mussolini, y concebida originalmente como una tropa de choque para golpear a fondo el poder de la dictadura, los camisas verdes del ABC le hacían su propia guerra al gobierno de los días, a los comunistas, a los sindicatos, al movimiento estudiantil y a la nueva generación de militares.

Para ellos, la guerra iniciada para subvertir al régimen de Machado no había terminado. La nueva contrarrevolución posterior a los sucesos de agosto de atraería a otros grupos, como los militares que habían quedado descontentos con la revolución de los sargentos, a la aviación y algunos sectores dentro del ejército.

La convergencia entre la derecha fascista del ABC, la casta militar sobreviviente y los subalternos que habían perdido su oportunidad el 4 de septiembre, desembocó en una de las mayores sublevaciones que recordaría la ciudad.

De esta nueva derecha que mezclaba diversos sectores sociales surgió una fuerza armada de militares y paramilitares, que tomaría el castillo de San Ambrosio, y se lanzaría en una batalla campal, convirtiendo a La Habana, al este y al sur de la zona colonial, en una zona de guerra.

La batalla se inició con el bombardeo del campo militar de Columbia por parte de la aviación sublevada, secundada por la policía y el ABC. Las fuerzas leales al gobierno, comandadas desde el castillo de la Punta por el Ministro de Gobernación, Guerra y Marina, Antonio Guiteras, y compuestas por la marina, la artillería y la mayor parte del ejército, acorraló a los disidentes en el castillo de Atarés, en la zona del mismo nombre que queda al sureste de la ciudad vieja.

Igual que había ocurrido con la sedición de los oficiales en el Hotel Nacional, los líderes militares rebeldes también daban por descontado el decisivo apoyo de la embajada de los Estados Unidos.

El acorazado USS Wyoming , anclado en la bahía de La Habana, se puso en zafarrancho de combate y desenfundó los cañones apuntando hacia el Palacio Presidencial. Cuando los rebeldes al mando de Blas Hernández y Ciro Leonard descubrieron que el embajador Sumner Welles apoyaba al sector leal del ejército, cuyo jefe era el Coronel Batista, resultaba demasiado tarde.

Sometidos a la rendición después de un prolongado fuego de morteros y artillería de grueso calibre, los jefes sublevados fueron alineados contra el muro de la fortaleza y ejecutados por fusilamiento. La nueva contrarrevolución quedaba momentáneamente descabezada.

En medio de aquel gran teatro de guerra en que se desenvolvía la vida cotidiana de la ciudad, la prensa y la radio transmitían noticias insólitas, al tiempo que se hacían eco de todo tipo de rumores, conspiraciones y peligros, anunciando a los asombrados habaneros los hechos más inesperados. El ministro de Gobernación, quien ostentaba el mando directo de las fuerzas del orden, visitaba las unidades de la marina, que se habían mantenido fieles al gobierno, y les regalaba a todos los oficiales un ejemplar de Los diez días que estremecieron al mundo , el reportaje de John Reed acerca de la revolución rusa de , lo que acrecentaba los temores de la embajada norteamericana sobre el tinte ideológico del régimen.

Mientras tanto, el poderoso sindicato de torcedores de tabaco de La Habana se iba a la huelga, paralizando las más importantes fábricas de la capital.

De las provincias orientales llegaban noticias de que soviets de obreros, campesinos y soldados habían tomado el poder en varios centrales azucareros, entre ellos Mabay y Tacajó.

A pesar de que Estados Unidos se negaba a reconocer al gobierno del presidente Grau San Martín, Sumner Welles declaraba que los militares cubanos serían bienvenidos para entrenarse en West Point.

Frustradas todas sus artes diplomáticas para engatusar al ministro de Gobernación, Guerra y Marina, y después de una conversación entre ambos en el campo militar de Columbia el 15 de noviembre de , el embajador le informaba secretamente al presidente Roosevelt que Guiteras era el más peligrosos enemigo de Estados Unidos en el gobierno cubano.

La conspiración para derrocarlo, con la participación de los hacendados azucareros, el embajador Welles y el jefe del ejército Coronel Fulgencio Batista estaba en marcha. En esta conspiración contrarrevolucionaria convergerían los intereses creados del antiguo régimen, de los Estados Unidos y del ala militar de la propia revolución.

A la llegada del nuevo embajador, el experimentado diplomático Jefferson Caffery, en reemplazo de Welles, quien traía la misión de ultimar el golpe, ya se había desatado la ola de nacionalizaciones impulsada por Guiteras.

Estas se habían adoptado en respuesta a las acciones de las compañías norteamericanas que controlaban los teléfonos y la electricidad en Cuba, negadas a acatar la reducción de sus altas tarifas, inaccesibles para el grueso de la población, que el gobierno había dictado.

Debilitado en su apoyo popular por la situación de crisis y las crecientes demandas populares, y resquebrajado internamente por las tendencias políticas que lo atravesaban, el gobierno de los días se quedó solo entre la izquierda y la derecha, y fue un blanco fácil para el golpe de Estado.

Aliviado por no tener que desembarcar los marines del Wyoming , el embajador Caffery anunciaría a su gobierno que fuerzas democráticas habían impuesto en el gobierno al ex coronel Carlos Mendieta, quien representaba los intereses de los hacendados azucareros y era un amigo de los Estados Unidos.

Entre las primeras medidas del nuevo gobierno estaría la desnacionalización de las propiedades públicas incautadas a corporaciones norteamericanas.

Pero el verdadero hombre fuerte del nuevo régimen —ahora más fuerte que antes del golpe— era el ex sargento de Banes, Fulgencio Batista. Su tarea pendiente sería la eliminación de la amenaza de los líderes revolucionarios en la oposición, y la restauración de la paz social.

La Habana del gobierno Caffery-Batista-Mendieta seguía siendo un hervidero de insurgencia, enfrentamientos callejeros, e incertidumbre. Para colmo, todos los médicos de la ciudad se iban a la huelga durante tres meses.

La cárcel del Castillo del Príncipe, en las alturas que dominan el extremo sur de la Universidad de La Habana y la calle Zapata, se llenaba de sindicalistas y estudiantes presos.

Ambos ingredientes de la fórmula de Pedraza eran aplicados a los presos en las estaciones de policía bajo su mando. La exaltación del fascismo criollo ganaba inspiración con el auge de Mussolini y el inicio del ascenso de Hitler en Europa.

En la mañana del 17 de junio de , más de cincuenta mil militantes del ABC, luciendo sus estridentes camisas verdes, cubrieron la superficie del Paseo del Prado, que se extiende del Parque Central hasta el Malecón. Entre la multitud de curiosos que hormigueaba bajo los soportales de los edificios de Prado, se habían dado cita secretamente un nutrido grupo de comunistas, organizados en grupos de acción armada, y miembros de la organización clandestina fundada por Antonio Guiteras entre sus antiguos y nuevos seguidores, conocida entonces como TNT.

En lo mejor de los discursos y consignas de los abecedarios, los destacamentos de comunistas y guiteristas, actuando cada uno por su cuenta, desencadenaron un violento ataque, que tomó desprevenidos a los camisas verdes, y sembró el pánico en la multitud que llenaba el Paseo del Prado.

El fascismo criollo, acostumbrado a la impunidad de las acciones clandestinas, se quedó tambaleando después de su primera manifestación pública.

En este contexto convulso, mientras las esperanzas de cambio suscitadas por la caída de Machado se esfumaban, los grupos armados se multiplicaban, ejecutando atentados contra sicarios de la policía, empresas norteamericanas y periódicos conservadores.

Sus nombres rutilaban en las primeras páginas de los periódicos: Brigada de la Aurora, ORCA, Ejército Libertador. Bancos, grandes propietarios y voceros del poder establecido eran blancos de sus ataques.

El multimillonario hacendado azucarero Eutimio Falla Bonet pagaba pesos por su rescate a un comando revolucionario. Pepín Rivero, el director del Diario de la Marina, decano de la prensa conservadora cubana, escapaba de milagro a un atentado en medio de la calle.

Sin unidad ni coordinación de sus acciones, y sobre todo sobrepasadas por el pueblo de La Habana y el resto de Cuba, las organizaciones revolucionarias en la oposición se vieron cogidas entre el fuego rasante del coronel Batista y el estallido de la gente común y corriente, que se lanzó a una desesperada huelga general, en marzo de , con el afán de desencadenar una crisis como la que había precipitado la caída de Machado en agosto de Sin embargo, esta vez el poder establecido se había consolidado y estaba preparado para hacerle frente en toda la línea.

Durante varios días, las fuerzas al mando del coronel Pedraza repartieron el prometido palmachristi y la goma, y se dedicaron a cazar a los grupos revolucionarios en las calles de La Habana, y a sembrar el terror en su población. El 8 de mayo de , como último acto de la tragedia, Antonio Guiteras, en compañía de sus colaboradores más cercanos, entre ellos el venezolano Carlos Aponte, coronel del ejército guerrillero de Augusto César Sandino, eran cercados por el ejército, mientras intentaban salir de Cuba clandestinamente.

Reunidos en una pequeña fortaleza militar conocida como El Morrillo, situada en la costa de Matanzas, en el trayecto entre La Habana y la playa de Varadero, los guiteristas planeaban salir hacia México, donde se entrenarían militarmente, con el propósito de regresar a la isla en una expedición que se internara en las montañas e iniciara la guerra de guerrillas contra el gobierno.

Con la muerte de Guiteras y el triunfo de Batista —que controlaría la política cubana en los próximos nueve años— se cerraba el epílogo de la revolución de Los barcos de guerra norteamericanos se retirarían tres meses después del puerto de Carenas.

Y algunos de aquellos habaneros que habían visto rotos sus sueños revolucionarios se embarcaban para España, vía Nueva York, a sumarse a la Brigada Internacional Abraham Lincoln, e incorporarse a la guerra civil, donde se juntaban con otros latinoamericanos y no pocos norteamericanos.

En proporción a su población, los cubanos eran mayoría entre los combatientes extranjeros que defendieron la República española, y los que alcanzaron los más altos rangos militares en sus filas. Entre ellos, famosos narradores, como Pablo de la Torriente Brau, autor de numerosas crónicas sobre la guerra, quien caería combatiendo en el frente de Jarama.

El más conspicuo de los escritores norteamericanos que acudió a aquella guerra, Ernest Hemigway, escribiría luego, en el hotel Ambos Mundos de La Habana Vieja, una novela titulada Por quien doblan las campanas , inspirada en aquella experiencia.

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Author: Mejas

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